lunes, 11 de junio de 2012

La dinámica espiritual


 


E. M. Bounds
Si algunos cristianos que se quejan de sus ministros hablaran e hicieran menos ante los hombres y se aplicaran con todas sus fuerzas a clamar a Dios por sus ministros -despertando y conmoviendo al cielo con sus oraciones humildes, constantes y fervorosas- habrían podido hacer mucho más para encaminarlos por el éxito.
De alguna manera, la práctica de orar particularmente por el predicador, ha caído en desuso o quedado descartada. Ocasionalmente hemos oído censurar esta práctica como un desprestigio para el ministerio, tomándose como una declaración pública de ineficiencia de los ministros por parte de quienes la hacen.
 
La oración, para el predicador, no es simple deber de su profesión, o un privilegio, sino una necesidad. El aire no es más necesario a los pulmones que la oración al predicador. Es absolutamente indispensable para el predicador orar. Pero también es de absoluta necesidad orar por el predicador. Estas dos proposiciones están ligadas por una unión en la que no puede existir ningún divorcio. Este deberá orar cuanto pueda y procurará que se ore por él cuanto se pueda para enfrentarse con su tremenda responsabilidad y obtener en esta gran obra el éxito más grande y real. El verdadero predicador, además de que cultiva en sí mismo el espíritu y la práctica de la oración en su forma más intensa, ambiciona con anhelo las oraciones del pueblo de Dios.
 
Cuanto más santo es un hombre tanto más estima la oración. La salvación nunca encuentra su camino en un corazón sin oración. El Espíritu Santo no habita en un espíritu sin oración. La predicación nunca edifica a un alma que no ora. Cristo desconoce a los cristianos que no oran. El Evangelio no puede ser proyectado por un predicador sin oración. Las cualidades, los talentos, la educación, la elocuencia, el llamamiento de Dios, no pueden disminuir la demanda de oración, sino solo intensificar la necesidad de que el predicador ore. Cuanto más consciente sea el predicador de la naturaleza, responsabilidades y dificultades de su trabajo tanto más verá, y, si es un verdadero predicador, tanto más sentirá la necesidad de orar.
 
Pablo es una ilustración de lo que acabamos de expresar. Si alguien pudo difundir el Evangelio por la eficacia del poder personal, por la fuerza intelectual, por la cultura, por la gracia que le había sido conferida, por la comisión apostólica de Dios, por su extraordinario llamamiento, ese hombre fue Pablo. En él tenemos un ejemplo eminente de que el verdadero predicador apostólico ha de ser un hombre dado a la oración y ha de contar con las oraciones de personas piadosas que den a su ministerio un complemento de intercesión. En el reino espiritual como en cualquiera de otra naturaleza, la unión hace la fuerza; que la concentración y reunión de fe, deseo y oración aumentan el volumen de fuerza espiritual hasta hacerla preponderante e irresistible en su poder.
 
Las unidades combinadas en la oración, como las gotas de agua, constituyen un océano que desafía toda resistencia. Por eso, Pablo con su clara y completa comprensión de la dinámica espiritual, determinó hacer su ministerio tan grandioso, eterno y avasallador como el océano, por captar todas las unidades dispersas de oración y precipitarlas sobre su ministerio. La solución de la preminencia de Pablo en trabajos y resultados y su influencia sobre la Iglesia y el mundo. A sus hermanos en Roma escribió: "Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios" (Romanos 15:30).A los efesios, dice: "Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin deque al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del Evangelio" (Efesios 6:18, 19).
 
A los colosenses él enfatiza: "Orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la Palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar"(Colosenses 4:3, 4).A los tesalonicenses les dijo fuerte y severamente:"Hermanos, orad por nosotros"(1 Tesalonicenses 5:25). Llama en su auxilio a la Iglesia de Corinto con las palabras: "Cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración" (2 Corintios 1:11).
 
En otra recomendación final a la Iglesia de Tesalónica acerca de la necesidad e importancia de sus oraciones, dice: "Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la Palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros; y para que seamos librados de hombres perversos y malos" (2 Tesalonicenses 3:1, 2). Procura que los filipenses comprendan que todas sus pruebas y tribulaciones puedan tornarse en bien para la extensión del Evangelio por la eficacia de las oraciones en su favor. A Filemón le pide prepararle alojamiento porque espera que en respuesta a sus oraciones sea su huésped.
 
La actitud de Pablo en esta ocasión ilustra su humildad y su profundo conocimiento de las fuerzas espirituales que proyectan el Evangelio. Pablo confió su éxito a las oraciones de los santos de Dios, cuánto mayor es la necesidad actual de que las plegarias de los fieles estén centralizadas en el ministerio de hoy día.
 
Pablo escribió cartas a todas partes, pidiendo que oraran por él. ¿Oramos por nuestros predicadores? ¿Oramos por ellos en secreto? Las oraciones públicas son de poco valor si no están fundadas o seguidas por oraciones privadas. Los que oran son para el predicador lo que Aarón fue para Moisés. Sostienen sus manos y deciden la batalla que ruge airada a su derredor.
 
El empeño y propósito de los apóstoles fue poner a la Iglesia en oración. No descuidaron la gracia de dar gozosamente. No olvidaron el lugar de la actividad y el trabajo que ocupaban en la vida espiritual; pero ninguno ni todo éstos; por la estimación e importancia que les dieron los apóstoles, pudieron compararse en necesidad y urgencia con la oración. Usaron los ruegos más grandes y perentorios, las exhortaciones más fervientes, las palabras más elocuentes y de mayor alcance para hacer valer la obligación y la necesidad apremiante de la oración.
 
"Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar" (1 Timoteo 2:8), es la demanda del esfuerzo apostólico y la clave de su éxito. Jesucristo mostró el mismo empeño en los días de su ministerio personal. Cuando fue movido por compasión infinita ante los campos de la tierra listos para la siega que perecían por la falta de trabajadores -haciendo una pausa en su propia oración- trata de despertar la embotada sensibilidad de sus discípulos al deber de la oración, dándoles este encargo: "Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies"(Mateo 9:38). "También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar" (Lucas 18:1)

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