ESPAÑA.- El reciente accidente del crucero Costa
Concordia en aguas de Toscana, con un balance hasta el momento de once víctimas
mortales, evoca otras grandes tragedias que la humanidad ha sufrido en los
mares. Los naufragios han existido desde los albores de la navegación, pero en
el siglo XX y lo que llevamos del XXI, cuando el desarrollo tecnológico e
industrial han alcanzado sus mayores cotas, han seguido produciéndose.
La más célebre tragedia naval de la historia tuvo
lugar en aguas del Atlántico Norte. En la noche del 14 de abril de 1912, el
majestuoso transatlántico RMS Titanic, que había zarpado cuatro días antes del
puerto de Southampton (Inglaterra), con destino a Nueva York, para completar su
viaje inaugural, chocaba con un iceberg. En apenas unas horas, el barco más
lujoso e imponente de la época se iba al fondo del mar. Con él perecieron
alrededor de 1.500 personas, ahogadas y por hipotermia. Había nacido una
leyenda.
Otra de las grandes catástrofes náuticas la
protagonizó un buque español. Se trata del Príncipe de Asturias. El barco, un
vapor correo que unía España con el continente americano, había partido de
Barcelona con destino a Buenos Aires. A bordo llevaba muchos emigrantes que
buscaban huir de las penurias de una Europa en llamas por la Primera Guerra
Mundial, pero no alcanzarían su destino. Tras seis días de navegación con un
tiempo adverso, en la madrugada del 5 de mayo de 1916, el Príncipe de Asturias
colisionaba con un arrecife en las costas de Ilhabela, una isla del estado de
Sao Paulo. Al menos 600 personas murieron, pero quizá fueran muchas más, porque
se sospecha que llevaba un gran número de polizones en su seno.
Fletado en 1953, el gran transatlántico italiano
Andrea Doria completaba en julio de 1956 uno más de sus viajes entre Génova y
Nueva York. Cuando navegaba cerca de la costa de Nantucket, Massachussets, en
medio de un banco de niebla, su radar detectó que se acercaba peligrosamente un
buque desconocido. Se trataba del Stockholm, un buque de bandera sueca que
también circulaba por la zona. Una serie de fallos en cadena y malentendidos por
los movimientos de una y otra embarcación terminó con la proa del barco sueco
rasgando el casco del Andrea Doria, que se fue a pique. Aunque las cosas habían
cambiado respecto a los tiempos del Titanic y la mayoría del pasaje pudo ser
rescatado, 51 personas murieron.
El submarino nuclear ruso Kursk protagonizó en
2000 el último gran desastre naval. Algo falló mientras realizaba unas maniobras
en el Mar de Barents el 12 de agosto. El interior del submarino sufrió una
explosión mientras realizaba unos ejercicios de disparo de torpedos sin carga.
Pese a los intentos de los mandos, el Kursk no consiguió emerger y colisionó
contra el fondo marino mientras las llamas y el humo iban adueñándose
sucesivamente de los compartimentos interiores. La mayoría de la tripulación
murió como consecuencia de las primeras explosiones o del agua que se coló a
raudales tras abrirse un agujero en el casco, pero al menos dieciséis hombres
consiguieron refugiarse en las partes estancas traseras. Se estima que
resistieron allí con vida al menos seis días. Las autoridades rusas tardaron más
de dos semanas en admitir la tragedia del Kursk, pero finalmente tuvieron que
pedir ayuda internacional para recuperar los restos del submarino. Un año
después, y tras una costosa y compleja operación, una barcaza holandesa
especialmente diseñada para ello, lograba reflotar los restos del submarino
siniestrado y remolcarlos hasta la costa para proceder definitivamente al
desmantelamiento de su carga nuclear. POR ABC
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